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por soledaita - 21/05/2012 - 15:30 - (44 lecturas)



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TriniGS el 20/02/2010 - 15:18 nos informa:

Tres historias de las 2.963 en bengalí que ocurren cada día en Lavapiés

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Acabo de leer este artículo de Patricia Gonsálvez, en el que cuenta tres historias de tres inmigrantes procedentes de Bangladesh y que viven actualmente en Lavapiés. Me han parecido tres historias muy interesantes y con las que podemos conocer un poco más sobre el barrio de Lavapiés.

"Los dueños del restaurante indio, los dependientes de la frutería tropical y los camareros del kebab turco
tienen algo en común. Nacieron en Bangladesh. En Lavapiés mandan. Tienen peluquerías, videoclubes, locutorios y una mezquita propia en el barrio (Lavapiés). Y, sin embargo, pocos conocen su procedencia ni apenas nada sobre ellos. De los 4.006 bangladesíes empadronados en Madrid, el 73% vive en el distrito centro, son una piña, la nacionalidad extranjera más abultada sólo después de los ecuatorianos. Estas son tres historias de las 2.963 en bengalí que ocurren cada día en el barrio." (Lavapiés)

Aquí os dejo una: "Mujeres tomando el té" (en Lavapiés).


Por Patricia Gonsálvez:

Hosneara está harta de explicárselo a las españolas. El sari es sólo la tela que se pone encima, para ir bien vestida hay que comprar también la blouse y el petticoat, la blusa y la falda que van debajo.
Un día estuvo media hora enseñándole a una cómo se coloca. Es fácil, una niña sabría hacerlo, pero la chica se hacía un lío. Aún así, mereció la pena: al final se llevó uno de los saris caros, de más de 100 euros. Un buen día para el negocio. Porque últimamente, con la crisis, hasta las españolas regatean. “Ni que esto fuera un mercadillo en Dacca”, piensa Hosneara recolocándose el pañuelo que lleva cruzado sobre el pecho. A diario ella viste saloar kameez, camisola y pantalón, mucho más cómodos para trabajar y manejar a los niños.
Orbik está enorme para tres meses. Hosneara se lo pasa a Leshma, madre del rechoncho bebé, que lleva sólo un año en España y la mira trajinar con enormes y silenciosos ojos negros. “Amiga, hay que trabajar, así es cómo se aprende español”, le dice Hosneara, “no te puedes pasar el día en casa, estamos en Europa, esto no es Bangladesh, aunque la verdad es que ya ni Bangladesh parece Bangladesh.” Hosneara parlotea mientras recoge su tienda de moda en la calle Doctor Fourquet, cerca de la plaza. En frente tiene una sex-shop chic, de esas pensadas para que vayan las chicas y atendido por lesbianas con piercings.
“Fíjate en mí”, continúa Hosneara con los brazos en las caderas haciendo caso omiso a la revolución sexual posmoderna que ocurre enfrente. “Yo empecé a llevar la tienda sin casi hablar el idioma, pero me hacía entender, sonreía mucho, me comía el miedo, ¿crees que no me aterraba salir sola?, pues claro, pero a Europa se viene a prosperar... En Dacca era decoradora de interiores, pero aquí de eso no hay trabajo, así que me puse a hacer arreglos, no es que yo supiese coser bien, pero, chica, con todos los paisanos solteros que hay en Lavapiés, alguien les tiene que subir el dobladillo.”
“¡Ah, cómo te gusta hablar querida!” Shoma entra en la tienda como un rayo de color azul. Va completamente conjuntada, incluso el bindu que lleva en la frente es de un brillante tono celeste. Un poco más arriba, en el nacimiento del pelo, una mancha roja explica que es hindú y casada. En su Calcuta natal (en la parte india de Bengala, donde también se habla bengalí) estudió Geología y dio clase de matemáticas. Luego se casó, vino a España, se embarazó, crío a su hija... Hasta que Hosneara la animó para que cantase en fiestas, melodías tradicionales y poemas de Tagore. “Champa, ¡the business woman!”, dice Shoma con su inglés universitario mientras abraza a su amiga. En los papeles de residencia es Hosneara Haque, pero para quienes la conocen bien Hosneara es Champa, “flor”.
Hosneara, Champa, the business woman, tiene una idea. Quiere celebrar el próximo año nuevo bangla por todo lo alto. Y quiere que lo organicen sólo mujeres. Habrá baile y cante, y aprovecharán para vender ropa, comida, pintar de henna las manos de las españolas y colocarles bindus en la frente por unos euros. El año pasado lo intentaron hacer en el Retiro, pero vino la policía y les dijo que necesitaban un permiso. En este país nuevo hacen falta permisos para todo. En la ong del barrio les han explicado que lo primero que tienen que hacer es crear una asociación de mujeres. Más papeleo. “Tiene que haber otra manera más fácil”, piensa Champa. Y luego piensa: “Es una pena que todas estas mujeres inteligentes y fuertes se pasen el día en casa... entre los maridos que no las dejan y que aquí sólo hay trabajo de limpiadora, no hacen más que criar a los hijos. Yo tuve suerte, mi marido tiene la mente abierta, es moderno, me puso la tienda, me deja llevarla. Pero esto no es jauja como pensábamos, no llegas y te forras. Con un solo sueldo no da. En Bangladesh éramos clase media, veníamos a hacer fortuna. Es verdad que aquí no hay castas, el médico y el obrero se saludan, no hay tantos pobrecitos... Pero todo es más complicado. Vendes las tierras para venirte y luego tienes que recuperar el gasto, y si te sale mal puedes tener que volver arruinado. Imagínate, te vas normal y regresas pobre. Hay a quien le ha pasado. Allí por lo menos, las mujeres con niños o maridos chapados a la antigua se pueden sacar algo haciendo artesanías en casa, ¿quién no sabe pintar seda? ¿quién no puede hacer collares? Pero en este país frío todo es un lío, no tienen materias primas, es increíble que sean tan ricos y sin embargo tengan que importarlo todo, te vas a Blanco o a Zara y todo Made in India. En Bangladesh seremos pobrecitos, pero hay industria.”
Champa sale de su ensimismamiento y se da cuenta de que las amigas, treintañeras como ella, están esperando a que cierre. Hoy meriendan en su casa, sobre la tienda. “Ala, venga, vamos a ir cerrando y os preparo un cha.” Apenas ha entrado en casa, la anfitriona se pone a calentar el té con leche y saca galletas Príncipe de Beckelar mientras prepara puri con chutney, tortitas con salsa de yogur. Las chicas se quitan las sandalias y las dejan en la entrada. Es una casa de unos 40 metros, dos habitaciones, salón y cocina. No muy diferente de la que Hosneara tendría en Bangladesh si se hubiese quedado. Aunque aquí, es verdad, no hay que hervir el agua ni cortan la luz a cada rato. Van llegando mujeres. Algunas llevan años en Lavapiés. Como Sanji que llegó de niña con sus padres. Trabaja en Depilo con hilo, arreglando cejas como se hace en su país. Lloró mucho de pequeña, dejó de estudiar con 13 porque no entendía el idioma. Entonces no había más niñas de Bangladesh, se sentía muy sola. Ahora es de las pocas veinteañeras, también hay muy pocas ancianas. Acaba de casarse en su pueblo con su primo. Le conoce sólo de vacaciones, pero es sangre de su sangre, le está arreglando los papeles, cuando llegue tendrán tiempo. Para otras mujeres, como Rupa, plata en bengalí, Lavapiés es aún un planeta extraño. A ella la acaba de traer su marido porque las mujeres adultas musulmanas sólo pueden venir casadas. Tiene una hija de dos años a la que ha rapado para que el pelo le salga más fuerte. Es el secreto de sus poderosas melenas negras. Aunque han quedado para hablar del festival de año nuevo, el detalle desvía la conversación hacia la cabeza de Shoma, que se acaba de poner mechas cobrizas en Marco Aldany.
Champa intenta centrar el tema: “Entonces qué, ¿alquilamos un teatro?, ¿pedimos ayuda al Ayuntamiento?, ¿a las ongs?”
Pero las mujeres vuelven a irse por las ramas y la charla deriva en:
- A las ongs les gusta más mandar el dinero para allá, a los pobrecitos.
Que deriva en:
- ¿Y te has fijado cómo siempre hablan de la India, pero nunca de Bangladesh?
Y luego:
- ¡De qué te extraña, en el Telediario sólo hablan de Bangladesh cuando hay huracanes, ni siquiera en el de La 2!
Que lleva a:
- A mí lo que me gusta ver es Saber y ganar.
Y de ahí a:
- ¿Y aún no has alquilado la nueva comedia de Bollywood, Dil bole handippa? Va sobre una chica que se disfraza de hombre para jugar al críquet, es graciosísima...
Pero al final siempre acaban hablando de lo mismo: la familia.
Champa echa de menos a la suya. En 2007 fue la última vez que se reunieron todos. Su hermana, la que vive en Italia, y su hermano, el de Canadá que celebraba su boda en Dacca. Tras la ceremonia fueron a la playa, todos juntos, como antes. “¡Qué contenta se puso la abuela!”, piensa Champa. “La pobre, ya está mayor, aunque no cumple los sesenta, pero con aquella humedad y aquella polución las mujeres envejecen enseguida. Aquí es distinto, las viejas se pasean por la calle, hacen cosas, son fuertes. En Bangladesh, cuando tus hijos están criados, te dedicas a rezar, dormir y ver la tele. Te vas apagando. Por lo menos le dimos esa alegría a la abuela y sirvió para que mi hija sepa que tiene una gran familia.”
Afrenara, a la que su madre y quienes la conocen bien llaman Mohima (regalo de Dios), entra en el piso lanzando la mochila sobre la cama. Viene de hacer los deberes en La Casa Encendida, donde hay monitores que liberan a las madres trabajadoras. Otras tardes va a la mezquita para aprender a escribir bengalí. A los ocho años es alta y tiene ademanes de adolescente. “¿Qué tal en la biblioteca?”, le pregunta su madre. “Bien, bien”, dice sin demasiado interés. Mira a las mujeres que toman té. Se lanza sobre el sofá con un mohín. Se aburre y se encierra en una habitación a ver la tele. “Ah, es otra generación”, suspira Champa con una sonrisa, “a estas niñas nadie les va a decir cómo tienen que vestir, si pueden trabajar o con quién han de casarse.”

Si queréis leer las otras dos historias podéis hacerlo aquí en Letras Libres.
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Mari Trini Giner
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